Informe especial FPIF
Irak, un año después
por Stephen Zunes | marzo de 2004

 
Un año después de la invasión estadounidense a Irak, y pese a que terminó el dominio tiránico de Saddam Hussein, continúa la matanza y la calidad de vida de la mayoría de los iraquíes sigue en deterioro. Entre tanto, Estados Unidos continúa sacrificando vidas y dinero en una empresa cuyas motivaciones originales–eliminar las armas de destrucción masiva de Irak y su respaldo a la red terrorista de Al Qaeda–resultaron ser falsas, como se reconoce ahora, ampliamente.
Este ensayo ofrece un breve panorama de la situación en el terreno de los hechos y la respuesta estadounidense a ésta. La reacción violenta ante la ocupación estadounidense encarna en una guerra de guerrilla urbana contra Estados Unidos y otras fuerzas de ocupación, dirigida primordialmente por los baathistas y otras milicias nacionalistas, y en un terrorismo contra los civiles iraquíes y extranjeros, supuestamente conducido por islamistas radicales, locales y foráneos. Hay también una resistencia no violenta de pequeña escala, con un potencial enorme, particularmente entre la comunidad shiíta.
 
La resistencia armada contra las fuerzas de ocupación estadounidenses
Pese a ser la causa de menos muertes en el total, los ataques guerrilleros son la principal preocupación de los funcionarios estadounidenses. Aunque se les menosprecia diciendo que provienen de simpatizantes del antiguo régimen, su respaldo parece ser muy profundo. A fines del año pasado, un informe de la CIA reconoció que “hay miles involucrados en la resistencia–y no sólo los baathistas más comprometidos” y que “la resistencia es amplia, fuerte y crece”.
Gran parte de la resistencia armada parece estar bajo el control de los baathistas pero–con la captura y asesinato de los principales oficiales baathistas leales a Saddam Hussein–parece provenir de los baathistas de nivel medio, más independientes y sin ataduras con el entramado del antiguo régimen. Por ejemplo Samarra–centro de la resistencia anti ocupacionista–era también el centro de los elementos contrarios a Saddam en el Partido Baath.
Para usar una analogía procedente de la Guerra de Vietnam, aunque el Frente de Liberación Nacional (FLN o “Viet Cong”) estaba controlado por el Partido Comunista y casi toda su dirección era comunista, la vasta mayoría de los combatientes eran campesinos comunes con motivaciones nacionalistas.
Al igual que en Vietnam, las víctimas principales de las operaciones de contrainsurgencia estadounidenses parecen ser los civiles, sobre todo como efecto del bombardeo y el fuego con obuses a las áreas residenciales populosas. Los grupos de derechos humanos han observado que, de acuerdo con las leyes internacionales, la mera suposición de que haya combatientes escondidos en un área en particular no es razón suficiente para justificar legalmente una respuesta militar cuando hay civiles dentro de dicha área. También, como en Vietnam, tales tácticas están motivadas, en parte, por el racismo. Por ejemplo, el New York Times recogió declaraciones del capitán Todd Brown, comandante de una compañía de la Cuarta División de Infantería, quien dijo: “Uno tiene que penetrar la mente de los árabes. Lo único que ellos entienden es la fuerza”.
No siempre se reportan con precisión las escaramuzas armadas con los insurgentes. Por ejemplo, después de un combate de tres o cuatro horas, las fuerzas estadounidenses informaron de la muerte de 54 guerrilleros, sin bajas civiles. En cambio, los médicos locales y otros testigos civiles hablan de escasas muerte militares e insisten en que hubo incontables bajas civiles. Se sabe que las fuerzas estadounidenses atacaron con fuego de morteros y dispararon contra hogares, una mezquita, un kinder, un laboratorio farmacéutico y un minibus con peregrinos iraníes. También se sabe que aplastaron carros con sus tanques.
 
Las tácticas estadounidenses de “asesinato”
Las respuestas estadounidenses a los ataques no se han limitado a intercambios de disparos con los insurgentes, a destruir fuentes de comunicación o a confiscar armas. Castigan ciudades enteras o barrios completos por los actos cometidos por grupos de locales contra las fuerzas de ocupación. En palabras del general brigadier Dempsey, el objetivo de tales operaciones es “comunicarle al enemigo que será muy alto el costo de sus acciones en contra [de las fuerzas de ocupación estadounidenses]”. Con frecuencia ni siquiera son los propios habitantes sino grupos que deliberadamente perpetran ataques en barrios y poblados muy alejados de donde viven sus familias, de tal modo que las represalias caigan en sitios ajenos.
Otro oficial militar estadounidense, el coronel Sasaman, aseveró: “Con tal pesada dosis de miedo y violencia, y mucho dinero invertido en proyectos, creo que podemos convencer a esta gente de que estamos aquí para ayudarlos”.
Un uso tan contundente de fuerza no sólo no ha logrado los resultados esperados, sino que contribuye a que aumenten las bajas estadounidenses a manos de los grandes contingentes de las fuerzas de ocupación. Buscando minimizar el número de jóvenes soldados estadounidenses que pudieran retornar a casa en bolsas negras durante el año de las elecciones, desde noviembre el gobierno de Bush comenzó a enfatizar el uso de fuerzas especiales implicadas en tácticas preventivas.
Tales tácticas, por parte de las fuerzas de ocupación estadounidenses, incluyen demoler casas, acordonar poblados y barrios enteros con alambre de navajas, detener a los parientes de los sospechosos de ser guerrilleros con la expectativa de que los insurgentes se entreguen.
Un asesor estadounidense lo describió así: “Vamos a jugar su propio juego. Guerrilla contra guerrilla. Terrorismo contra terrorismo. Vamos a amedrentar a los iraquíes hasta que se sometan”. De modo semejante, un ex funcionario de los cuerpos de inteligencia estadounidenses reconoció: “Es básicamente un programa de asesinatos. Ese es el concepto que priva aquí. Es un equipo de cazadores asesinos”.
En los territorios palestinos ocupados, Israel utiliza también dichas tácticas, reconocidas como ilegales y que enfrentan una serie de críticas contenidas en las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El senador John Kerry y otros líderes demócratas en el Congreso han defendido vigorosamente tales actos, con el argumento de que Israel dirige sus ataques contra las familias de los terroristas o responde a ataques contra la población civil. Los ataques estadounidenses, sin embargo, no parecen dirigirse hacia los terroristas responsables de bombazos contra civiles sino hacia las guerrillas que combaten a las fuerzas de ocupación.
En cualquier caso, tales tácticas son una violación a la Cuarta Convención de Ginebra, que prohíbe estrictamente ataques de tal índole.
El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha criticado en repetidas ocasiones al antiguo comandante de las Fuerzas Especiales, el general de Aviación Charles Holland, “por su renuencia a autorizar incursiones de comandos sin la información de inteligencia específica…”. Para sustituirlo, promovió a uno de los planificadores clave en estas operaciones, al teniente general William (Jerry) Boykin, quien ha dicho que los musulmanes son una fuerza satánica que “quiere destruirnos como nación”, e intenta destruir nuestro “ejército cristiano” porque “somos una nación de creyentes”. Es más, asevera que Bush “no fue elegido” presidente pues fue “designado por Dios”.
Estados Unidos trajo a Fort Bragg, Carolina del Norte, comandos y unidades de inteligencia israelíes para entrenar a estas fuerzas; algunos israelíes llegaron a Irak como “consultores” militares; algunos estadounidenses van a Israel a observar las fuerzas de ocupación en sus operaciones. Sin embargo, el halcón y experto militar israelí Martin Van Creveld dice que dichas tácticas no le han funcionado a Israel y no es probable que le funcionen a Estados Unidos: “Están haciendo las mismas cosas que venimos llevando a cabo por años, sin resultado. Los estadounidenses vienen aquí e intentan copiar toda clase de técnicas, pero no les va a hacer ningún bien”. De hecho, puede terminar resultando menos exitoso pues la ocupación israelí de Palestina se basa en una combinación de preocupaciones de seguridad y expansión territorial, mientras que el argumento de Estados Unidos al ocupar Irak es la liberación de los ciudadanos. Si tales intimidaciones no funcionan con los enemigos declarados, menos funcionarán entre quienes uno pretende que sean nuestros amigos.
Es también irónico que Estados Unidos comience a trabajar con israelíes y a adoptar dichas tácticas justo cuando cuatro jefes previos del Shin Bet–la agencia de seguridad israelí–condenaron las políticas de su país por ser contraproducentes.
Los legisladores demócratas han expresado muy poca preocupación por tales tácticas. De hecho, miembros promientes del Congreso–incluyendo a la líder de la minoría, Nancy Pelosi, y al supuesto candidato presidencial por el Partido Demócrata, John Kerry–han atacado al presidente Bush desde la derecha, por criticar las políticas de asesinato de los israelíes. Como tal, será muy difícil que eleven objeciones a tales tácticas cuando el propósito supuesto es proteger a las tropas estadounidenses.
Un asesor del Pentágono le llama “cacería humana preventiva”, y tiene semejanzas sorprendentes con la Operación Fénix llevada a cabo en Vietnam del Sur, que terminó asesinando entre 20 mil y 40 mil vietnamitas, ostensiblemente conectados con el FLN, aunque muchos fueron victimados debido a razones personales.
Del mismo modo en que Estados Unidos usó a antiguos colaboracionistas con las fuerzas de ocupación alemanas o japonesas para aplastar las insurgencias izquierdistas a fines de los cuarenta, después de haberlos “liberado”, las fuerzas de ocupación estadounidenses han reunido equipos que cuentan entre sus filas a altos mandos de los brutales servicios de inteligencia de Saddam Hussein para que infiltren a los insurgentes. Un jefe de estación de la CIA reconoció que Estados Unidos estaba “abrevando de ellos. Tenemos que resucitar a los servicios de inteligencia Irak, y taparnos la nariz”, y que las Fuerzas Especiales y la CIA emprendían operativos para “derribar obstáculos y tenerlos a mano”.
Cuando los esfuerzos de contrainsurgencia son conducidos por un general fundamentalista cristiano y anti islámico, apoyado por los peores elementos de las fuerzas de ocupación israelí y los servicios de inteligencia de Saddam, no extraña que la ocupación estadounidense tenga dificultades para ganarse los corazones y las mentes de los iraquíes.
De hecho, la represión contra los civiles iraquíes mediante las operaciones de contrainsurgencia de las fuerzas de ocupación estadounidenses está alimentando una peligrosa resaca, pues crea combatientes de la resistencia más rápido de lo que los liquida. Milt Bearden, antiguo jefe de operaciones de la CIA en Afganistán en los ochenta, declara: “por cada mujaidín asesinado o derribado en las incursiones de las tropas soviéticas en Afganistán, tomaron las armas unos seis miembros de su familia y se convirtieron en grupo vindicativo. Es triste, pero en Irak es probable que la misma regla se aplique”.
 
La amenaza terrorista
El presidente Bush no sólo intenta vincular el terrorismo surgido del caos posterior a la invasión de Irak con los devastadores ataques de Al Qaeda en Estados Unidos hace dos años, sino que ahora describe toda la violencia contra los estadounidenses y otros extranjeros en Irak como parte de una amenaza terrorista.
El presidente Bush no hace distinción alguna entre los bombazos a automóviles–y otros ataques terroristas contra civiles iraquíes y activistas de asistencia internacional–y los ataques guerrilleros de la resistencia iraquí contra las fuerzas de ocupación estadounidenses. Por más trágicas que sean las muertes de los soldados estadounidenses, la Cuarta Convención de Ginebra–de la cual Estados Unidos es signatario–reconoce que un pueblo ocupado por militares extranjeros tiene el derecho a involucrarse militarmente contra las fuerzas de ocupación uniformadas. Esto no es lo mismo que el terrorismo, que se refiere a ataques deliberadamente dirigidos contra civiles desarmados y que se reconoce universalmente como un crimen de guerra. Es por tanto muy engañoso declarar ante la opinión pública estadounidense que ambos fenómenos son los mismo.
El presidente Bush tampoco logra diferenciar entre los dispares elementos situados tras los ataques. Es muy probable que algo de la violencia provenga de algunos conectados con Al Qaeda que se infiltraron en Irak desde la invasión; algunos son simpatizantes del antiguo régimen de Saddam Hussein; algunos son islamistas iraquíes; otros más son nacionalistas iraquíes independientes, opuestos al antiguo régimen pero que se oponen también a la ocupación estadounidense; otros pueden ser combatientes extranjeros que ven en la expulsión de las fuerzas de ocupación estadounidenses de Irak un acto de solidaridad panislámica comparable a la de expulsar a los ocupacionistas soviéticos de suelo afgano.
En cualquier caso, el presidente Bush declara ahora que si Estados Unidos logra pacificar a las fuerzas de resistencia anti ocupacionistas en Irak, eso constituirá “una victoria esencial en la guerra contra el terrorismo”. Al vincular la lucha internacional, legítima, contra Al Qaeda, con la ilegítima invasión estadounidense de Irak, se hace posible que el gobierno justifique la determinación del presidente de “gastar lo necesario” para controlar este país rico en petróleo y etiquetar a quienes–en Estados Unidos o en otras partes–se opongan a la ocupación, como gente blandengue contra el terrorismo.
Después de que se evidenció que Irak no contaba con los programas para desarrollar armas de destrucción masiva que alegaba el gobierno de Bush, el presidente declaró que la ocupación de Irak era necesaria dado que el país se había convertido en “el frente central” de la “guerra contra el terrorismo”. En un discurso televisado, el pasado otoño, el presidente Bush declaró que “la manera más segura de evitar ataques contra nuestro propia población es enfrentar al enemigo donde vive y hace sus planes. Peleamos contra dicho enemigo en Irak… hoy, de tal modo que no lo tengamos que confrontar de nuevo en nuestras propias calles, en nuestras propias ciudades”.
Sin embargo, no parece haber evidencia de que aquellos iraquíes que hoy combaten a las fuerzas de ocupación estadounidenses en su propio país quieran de alguna manera escurrirse a Estados Unidos a matar civiles. De hecho, no se sabe de ningún iraquí que alguna vez haya cometido un acto de terrorismo contra estadounidenses en suelo estadounidense.
La afirmación del presidente, es en esencia un refrito de la frase utilizada por quienes promovían la Guerra de Vietnam: “Si no los combatimos allá, tendremos que combatirlos aquí”. Sin embargo, a más de 28 años de la victoria comunista en Vietnam, Estados Unidos no ha tenido que combatir a los vietnamitas en las calles estadounidenses, y no hay indicios de que alguna vez algo así pudiera ocurrir. Los iraquíes, al igual que los vietnamitas hace 35 años, luchan porque las tropas estadounidenses ocupan su país y es probable que, como los vietnamitas, dejen de luchar cuando dichas tropas abandonen su país.
El respaldo otorgado por Irak a los terroristas internacionales–primordialmente a algunos grupitos nacionalistas radicales, sobre todo palestinos–tuvo su clímax en los ochenta (cuando el régimen de Saddam Hussein contaba con el apoyo de Estados Unidos) y es prácticamente inexistente desde principios de los noventa. Y aunque Irak no fuera un horno de terroristas durante los últimos doce años del dominio de Saddam, lo es ahora. La destrucción del muy controlado Estado policiaco de Saddam Hussein, a manos de las fuerzas estadounidenses, abrió el país como refugio de los terroristas mundiales. La invasión estadounidense terminó sustituyendo una autoridad muy centralizada con el tipo de Estado débil que el gobierno de Bush–en su Estrategia de Seguridad Nacional 2002–considera terreno fértil para el terrorismo: un Estado incapaz de satisfacer las demandas básicas de sus ciudadanos o controlar sus fronteras. Lo que es peor, un alto funcionario del anti terrorismo estadounidense reconoció que “Al Qaeda y otros grupos ya utilizan la invasión de Irak como herramienta de reclutamiento”. De igual forma, Richard Clarke, ex funcionario encargado del anti terrorismo en la Casa Blanca anotó: “Combatir a Irak no tenía nada que ver con combatir al terrorismo hasta que comenzamos”.
Según Jessica Stern, de la escuela de administración pública John F Kennedy, de Harvard University, “estamos alentando al terrorismo. El gobierno de Bush no parece haber pensado hasta qué grado hay una atracción de terroristas hacia Irak y a qué grado les da vuelo nuestra ocupación y ataques ahí”.
 
¿Alguna luz al final del túnel?
Aun cuando en julio próximo emerja algún tipo de gobierno iraquí, puede significar muy poco en términos del compromiso militar de Estados Unidos. Tal vez pueda el presidente Bush alegar que Estados Unidos no es ya un ejército de ocupación sino uno invitado por el gobierno legítimo de Irak. El hecho, sin embargo, es que independientemente de qué gobierno surja en julio, éste será designado directa o indirectamente por Estados Unidos, el cual invadió y ocupó el país de manera ilegal. Lo importante no es si el que ocupa considera su presencia como ocupación, sino cómo lo ve el pueblo de dicho país. Las fuerzas estadounidenses en Vietnam pudieron declarar que su presencia ahí se debía a una petición del gobierno de Vietnam del Sur, y los soviéticos dijeron que estaban en Afganistán invitados por el gobierno, pero mientras la gente los mirara como unos ejércitos extranjeros de ocupación, no importó que algún gobierno que ellos mismos instalaron “los invitara” a quedarse.
Aunque sería erróneo creer que las fuerzas estadounidenses aplastarán la resistencia iraquí en el corto plazo, sería también equivocado asumir que la resistencia crecerá tanto como para expulsar a las fuerzas de ocupación.
Estados Unidos tiene muchas ventajas: sus fuerzas armadas cuentan con una tecnología de vigilancia muy sofisticada, que sobrepasa con mucho las técnicas de contra insurgencia anteriores en su capacidad para rastrear y erradicar las células de resistencia. Tal resistencia no cuenta con montañas ni sierras donde esconderse, ni cuenta con un ejército que desde fuera le brinde apoyo. La paranoide “cultura del soplón” alimentada por años de sufrir un régimen totalitario, hace difícil que los insurgentes tejan redes subterráneas confiables. Que las fuerzas de resistencia hayan recurrido al terrorismo, dañando primordialmente a civiles iraquíes, ha escindido a segmentos importantes de la población del proceso global de resistencia.
Por otra parte, las fuerzas de ocupación estadounidenses han matado a más civiles iraquíes–por accidente en casi todos los casos–que los propios terroristas, además de que la ocupación en sí misma es extremadamente impopular.
Sin embargo, la violencia en la porción central del país, puede no ser el mayor obstáculo para los designios estadounidenses de crear un Irak pro Washington.
 
La incidencia shiíta
La posibilidad de deshacer la ocupación puede resultar no tanto de un movimiento guerrillero que enfrente a las fuerzas de ocupación, de los asesinatos de los supuestos colaboracionistas y extranjeros, o de los ataques terroristas contra los civiles, y en cambio sí de una negativa masiva a cooperar, procedente de una mayoría shiíta en Irak. Los shiítas dominan la parte sur del país y fueron brutalmente reprimidos por el régimen de Saddam, dominado por los sunni.
El Islam sunni (ortodoxo) conforma la vasta mayoría de los musulmanes del mundo y es igualitario en estructura. Pero la Shía islámica, cuyos adherentes son mayoría en Irak, tiene una estructura jerárquica. Los ayatollahs–comparables en muchos aspectos a los cardenales católicos–detentan una enorme influencia, en particular en las sociedades autoritarias donde las otras formas de organización fueron controladas por el gobierno o brutalmente suprimidas.
En Irán, durante los últimos años de los setenta, y conforme se colapsaba el brutal régimen de Muhammad Reza Pavlevi–respaldado por Estados Unidos–, los líderes shiítas pudieron organizar comités que crearon un gobierno paralelo y parcialmente llenaron el vacío creado por el exilio del Sha en enero de 1979, eclipsando los elementos islámicos seculares e independientes.
Mientras las porciones centrales de Irak, dominadas por los sunni, luchan por restaurar un orden civil y servicios básicos devastados por un año de invasión estadounidense, en el sur de Irak, los poblados y ciudades dominados por los chiítas–así como los barrios chiítas de Bagdad y otras ciudades del centro del país–funcionan relativamente bien, en algunos casos con la bendición de las fuerzas de ocupación y en otros casos, de forma independiente. No sorprendería entonces que el capital social de los líderes chiítas aumentara, igual que las exigencias de elecciones directas.
Las fuerzas de ocupación estadounidenses han logrado posponer las elecciones nacionales directas alegando problemas logísticos que devienen del desorden reinante en muchas partes del país. Sin embargo, Estados Unidos es también renuente a realizar elecciones locales y regionales en las áreas chiítas, donde en principio hay pocos de estos problemas logísticos. Es inútil decir que esto ocasiona enormes resentimientos contra la ocupación estadounidense entre las filas de aquellos a quienes el gobierno de Bush consideró–por los años de opresión bajo el régimen de Saddam Hussein–sus más fuertes simpatizantes.
Después de siglos de dominio de otros–los otomanos, los británicos, los hashemitas, los baathistas–la mayoría chiíta considera que ahora le toca su turno de gobernar. Así, resienten los esfuerzos estadounidenses por restringir su poder e influencia mediante un sistema que permite un grado desproporcionado de influencia a las minorías. Aunque el establecimiento de una Constitución iraquí que cree algún sistema federal que garantice los derechos de las minorías sea algo adecuado, los chiítas se resienten, pues nunca contaron con tales protecciones ni con un autogobierno.
El ayatollah Sistani y otros líderes chiítas han estado hablando de una desobediencia civil no violenta pero sí masiva, y de crear sus propias estructuras de gobierno alternativas, que la vasta mayoría de chiítas iraquíes vería con buenos ojos. Y pese a que las fuerzas de ocupación estadounidenses pudieran aplastar una insurgencia armada sunni en el centro de Irak, pueden toparse con que son incapaces de frenar a cientos de miles de personas desarmadas que en las calles se rehúsan a reconocer su autoridad, como le ocurrió al muy equipado ejército del Sha.
Esto no significa que los autogobiernos chiítas en Irak–local, regional y nacionalmente–evolucionen hacia el tipo de teocracia totalitaria que surgió de la resaca de la revolución iraní. La política chiíta en Irak, y en otras partes, contiene elementos progresistas y moderados además de las corrientes reaccionarias. Si las fuerzas de ocupación siguen relegando las exigencias de un autogobierno democrático en Irak–como el Sha en Irán pospuso vez tras vez una liberalización política–será más probable que los elementos extremistas cobren influencia.
 
Conclusión
Pese a estos problemas, lo que sorprende es que haya tan pocas figuras políticas estadounidenses que aboguen por una retirada de Estados Unidos, o que impulsen la entrega de la administración iraquí a Naciones Unidas. Aun Howard Dean, quien fuera contendiente presidencial y cuyas posiciones lo llevaron a criticar al senador Kerry y a otros demócratas pro invasión, argumenta que ya que las fuerzas estadounidenses habían invadido Irak debían quedarse.
Al mismo tiempo, aunque la situación pudiera no derivar en el desastre sin solución que predijeron muchos oponentes a la guerra, los problemas son tan serios que no se resolverán pronto.
Así como antes de la invasión, sigue siendo crucial que se exhiban las mentiras del gobierno de Bush, que se enfrente la ilegalidad e inmoralidad de sus acciones y que hagamos surgir alternativas realistas a sus políticas.
Traducción: Ramón Vera Herrera
Stephen Zunes es profesor asociado en política y director del programa de estudios de paz y justicia de la Universidad de San Francisco. Es editor para Medio Oriente del proyecto Foreign Policy in Focus < www.fpif.org >. Es autor de Tinderbox: US Middle East Policy and the Roots of Terrorism , Common Courage Press, 2003.

 

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Publicado por el Programa
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Cita recomendada:
Stephen Zunes: “Irak, un año después”
Informe especial, Programa de las Américas (Silver City, NM: Interhemispheric
Resource Center, abril de 2004).
Ubicación
en Internet:

http://www.americaspolicy.org/reports/2004/sp_0404irak.html

Información de producción:
Escritor: Stephen Zunes
Redacción: Laura Carlsen, IRC

Traducción: Ramón Vera
Producción y diseño: Tonya Cannariato, IRC

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