El Proyecto Mexicano
La Revolución Cubana:
Un dilema para México
Kate Doyle | 12 de
julio de 2004

Americas Program,
Interhemispheric Resource Center (IRC)

www.americaspolicy.org

Con este ensayo, el IRC Programa de Las Américas presenta una
nueva serie mensual, en colaboración con el National Security Archive
(NSA) en Washington, DC. Según Kate Doyle, la Directora del Proyecto
México del NSA, "El objetivo principal del proyecto es cuestionar
los mitos de la política exterior, en ambos lados de la frontera."
Doyle analiza los archivos recién abiertos en EE.UU y México
de casi cuatro décadas, para descubrir nuevas evidencias y llevar a
la luz pública las historias ocultas de la relación bilateral.
Los resultados nos permite separar el discurso formal de los motivos reales,
y proporcionan elementos para reconsruir la diplomacia binacional a base de
los intereses compsrtidos, la transparencia y la participación ciudadana.
Los documentos originales y los ensayos previos se encuentran en: www.nsarchive.org/mexico .
Esperamos sus comentarios en: < americas@irc-online.org >

La revolución cubana constituyó una conmoción para el sistema mexicano. En el plano internacional, México se vio obligado a negociar hacia Cuba una posición que le permitiera conservar una cierta independencia de Estados Unidos, que ya en 1960 se había declarado acérrimo enemigo de Fidel Castro, y evitar, al mismo tiempo, un conflicto serio con su poderoso vecino.
Pero México enfrentaba un problema igualmente desconcertante en casa, donde nuevas políticas radicales emergieron al calor del triunfo de Castro. De manera notoria, Cuba impulsó una revitalización de la izquierda mexicana por primera vez desde el sexenio del presidente Lázaro Cárdenas (1934-40). Y, aunque el gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI) continuó utilizando la retórica de la revolución después de la caída de Batista, sus dirigentes consideraron el resurgimiento de la izquierda como una seria amenaza hacia la hegemonía del PRI.
El dilema del régimen se complicaba todavía más, por el hecho de que uno de los principales impulsores de este nuevo activismo era nada menos que Lázaro Cárdenas en persona, adalid de los campesinos mexicanos, y el poder detrás de la nacionalización de la industria petrolera del país. Inspirado por el triunfo de Fidel Castro, el ex presidente rompió la regla toral que exigía una absoluta lealtad hacia PRI, al fundar en 1961 el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), una organización cívica diseñada para agrupar bajo un mismo techo los dispersos esfuerzos de la izquierda mexicana.
Enfrentado con el creciente radicalismo de uno de los héroes vivos de México, el presidente Adolfo López Mateos necesitaba encontrar una vía para contener a Cárdenas y el MLN, sin traicionar las raíces revolucionarias del PRI. Así lo hizo, mediante una calculada política de cohecho y cooptación y de una brutal represión de la izquierda, al tiempo que evitaba hábilmente cualquier afectación al frágil equilibrio político, del cual dependía el partido para conservar su poder.
Exactamente cómo manejó López Mateos este acto de equilibrismo–y cómo lo percibió Estados Unidos–, es una historia contada de forma impresionantemente detallada en documentos norteamericanos desclasificados, encontrados en los Archivos Nacionales y en la biblioteca presidencial de John F. Kennedy. El expediente describe, antes que nada, a un régimen fundamentalmente incapaz de tolerar intentos legítimos de reformar el sistema político fuera de los canales aprobados por el PRI.
Los oficiales norteamericanos reconocieron las tendencias autoritarias del partido gobernante. Pero los documentos muestran que su temor ante la expansión del comunismo castrista en el hemisferio hizo que no estuvieran dispuestos a cuestionar su apoyo hacia el PRI. Como resultado, Washington y la Embajada de Estados Unidos en México interpretaron todos los esfuerzos del MLN por promover un cambio político o social a través de los lentes distorsionados de la Guerra Fría–así, la reforma se convirtió en radicalismo y la coercitiva respuesta del gobierno fue transformada en un razonable anticomunismo.
 
El ascenso de la izquierda
Galvanizado por los acontecimientos en Cuba, el general Lázaro Cárdenas–que había estado relativamente inactivo en el aspecto político durante casi dos decenios, desde su salida de Los Pinos–se convirtió en uno de los mayores apoyos de Fidel Castro en México. Cárdenas celebró la revolución con el líder cubano en la Habana en julio 1959, y retornó a casa para hablar ante enormes multitudes sobre la esperanza que significaba la Revolución Cubana para México. A su voz se sumó la de muchos otros prominentes mexicanos, también emocionados ante la victoria obtenida por los jóvenes revolucionarios cubanos.
Estados Unidos reaccionó a esta evolución de los acontecimientos con alarma. No sólo Cárdenas y sus seguidores parecían seguir la senda del socialismo, sino que el presidente López Mateos no mostraba intención de detenerlos. En un cable enviado a Washington el 11 de agosto de 1960, la Embajada norteamericana responsabilizó a la “vacilante actitud” del Presidente, a su “pobre conocimiento de los asuntos internacionales y a su poca comprensión en materia económica,” de la incapacidad para anular la influencia de la izquierda.
Al mismo tiempo, con preocupación la Embajada tuvo que admitir que los mexicanos que exigían un retorno a los principios de la revolución tenían un argumento.
“En su mayor parte, la dirigencia del PRI ha perdido su fervor revolucionario. Los líderes políticos y los miembros de la oligarquía gobernante han obtenido posiciones económicas y sociales. Su perspectiva es la de un burgués que ha prosperado bajo el sistema imperante y que no desearía verlo perturbado o alterado en ninguna forma.”
Pero el PRI garantizaba la estabilidad–por lo menos hasta entonces. Inquietado suficientemente por lo que él percibía como un soterrado radicalismo del gobierno de López Mateos, Thomas Mann, el embajador de Estados Unidos, sugirió presionar de manera directa al Presidente para revertir el curso.
El 17 de julio de 1961, Mann envió un cable confidencial al Departamento de Estado, para discutir un préstamo de 400 millones de dólares, que México estaba buscando para promover nuevas iniciativas de desarrollo. El embajador proponía que se pidiera a los mexicanos poner en marcha un callado programa de acción, a cambio de la asistencia de Estados Unidos. Además de ratificar a EU que apoyaba la inversión privada y que aplicaría ciertos programas económicos, al gobierno mexicano se le demandaría lo siguiente:
“Un claro y consistente rechazo a la infiltración comunista en la vida política de México, acompañado de medidas concretas para remover discretamente de las oficinas públicas a conocidos miembros del Partido Comunista; combatir la influencia comunista en instituciones educativas y sindicatos; ejercer un efectivo control sobre la importación de propaganda comunista del bloque sino-soviético y de Cuba y sobre la publicación en México de propaganda con financiamiento sino-soviético; eliminar la propaganda comunista de los libros de texto y otros materiales de lectura utilizados por estudiantes de escuelas primarias y secundarias; y asumir responsabilidad en la participación de la defensa hemisférica.”
“Si México no se muestra receptivo,” escribió Mann, “podríamos retirarnos de las pláticas de la manera más amigable y relajada posible, expresando nuestra comprensión por la política mexicana y, luego, simplemente poner a alguien lento para que atienda las solicitudes mexicanas de apoyo.”
Las fricciones entre López Mateos y Cárdenas se intensificaron cuando en marzo de 1961 el ex presidente organizó la Conferencia Latinoamericana para la Soberanía Política, la Independencia Económica y la Paz. La conferencia–que, según un cable enviado por la Embajada en junio, el régimen “trató de ocultar bajo un manto de silencio”–demandaba el progreso social en el Continente Americano, la paz mundial, reformas económicas que beneficiaran a las mayorías y la defensa de la Revolución Cubana. Como resultado directo de estas resoluciones, cinco meses después Cárdenas y un grupo de sus seguidores lanzaron el Movimiento de Liberación Nacional.
Pese a que miembros del Partido Comunista y otros reconocidos izquierdistas como Heberto Castillo, Eli de Gortari y Manuel Marcué Pardiñas se sumaron a Cárdenas para fundar el MLN, la organización buscaba recomponer el sistema, no derribarlo. El MLN propugnaba la expansión de la reforma agraria, una distribución más justa de la riqueza, el control sobre los recursos naturales y una política exterior independiente. Según escribió Olga Pellicer de Brody en su libro México y la revolución cubana , era un programa “redactado con el vocabulario de los movimientos reformistas.”
Pero Estados Unidos no lo vio así. En cada cable que enviaban a Washington, los oficiales de la embajada norteamericana denostaban al MLN por su plataforma radical, su abierto apoyo a Fidel Castro y su crítica al imperialismo estadounidense. Tanto el FBI como la CIA–que rutinariamente se referían al MLN como “un frente rabiosamente antiestadounidense y pro cubano-comunista” (por ejemplo, en su telegrama del 26 de mayo de 1962)–monitorearon de cerca al grupo. En su empeño por “infiltrar” los escenarios políticos locales, los consulados norteamericanos en todo el país siguieron también sus movimientos y pasaron sus reportes a la Ciudad de México.
Lo más preocupante para la Embajada de Estados Unidos era que, según su creencia, el MLN conspiraba secretamente con el Partido Comunista Mexicano para influir en la elección del candidato presidencial de 1964 y convencer a López Mateos de designar a un extremista de izquierda como su sucesor.
 
De tal padre, tal hijo: Cuauhtémoc Cárdenas en Baja California
Mientras Lázaro Cárdenas constituía una figura de proa para el MLN, su hijo Cuauhtémoc era miembro de su comité nacional y, como tal, era responsable de viajar por el país para promover la creación de oficinas regionales. Uno de los primeros objetivos del grupo era el Valle de Mexicali, en Baja California Norte. Ahí, miles de campesinos pobres batallaban por sobrevivir ante la aplastante escasez de tierra, el abandono rutinario del gobierno y un problema peculiar de la región–un abastecimiento crítico del Río Colorado, contaminado por los desechos salinos de los campesinos estadounidenses, que tenían previo acceso a él.
Para los campesinos mexicanos, cuyos cultivos resultaban dañados por la salinidad del agua, se trataba de un problema doméstico; pero afloró en una enredada disputa bilateral, cuando en noviembre de 1961 México presentó una protesta formal contra Estados Unidos, demandando al gobierno norteamericano encontrar una forma de controlar la salinidad del agua antes de que entrara a su territorio nacional.
Este contexto explica por qué los oficiales norteamericanos reaccionaron con alarma cuando Cuauhtémoc y el MLN arribaron a Tijuana, a mediados de 1962, y parecieron alentar a un líder agrario local, Alfonso Garzón–entonces dirigente de la Liga Agraria Estatal, que agrupaba a 12 mil campesinos–para que contendiera por el Congreso estatal. En un largo cable sobre la situación, enviado en julio 19, el cónsul estadounidense, Kennedy Crockett, hizo notar que Garzón había estado bajo los reflectores a principios de ese mismo año por reunir a miembros de la Liga en torno del asunto de la salinidad, en nombre del gobernador del PRI, Eligio Esquivel. Cuando a cambio de sus servicios Garzón no obtuvo la esperada nominación para un puesto político por parte del partido gobernante, enfadado dejó el PRI y anunció su candidatura como independiente.
“Dado que Garzón no puede ser elegido, surge la pregunta de por qué el MLN lo está ayudando y alentando, y por qué Esquivel creó este Frankenstein que le está causando al PRI tantos problemas y agitación,” escribió Crockett en su misiva a Washington. ¿La conclusión del Cónsul? Que el MLN, mediante una complicada maniobra y con ayuda de Esquivel, estaba planeando abandonar su apoyo a Garzón, con la condición de que a cambio el PRI nombrara a Cuauhtémoc Cárdenas para encabezar el distrito de riego del Valle de Mexicali. El cargo no sólo colocaría al joven Cárdenas en una posición clave para negociar con Estados Unidos el asunto de la salinidad, sino que le daría también al MLN su primera posición significativa fuera de la Ciudad de México.
Tanto Estados Unidos como México reaccionaron a esta perceptible amenaza de forma inmediata. En un cable enviado poco después de la advertencia del cónsul, el embajador Mann hizo ver al Departamento de Estado que si Cuauhtémoc Cárdenas era nombrado director de distrito, estaría a cargo de un proyecto programado para recibir un préstamo mayor de Estados Unidos, que había sido prometido a México como parte de una solución al problema de la salinidad. “Por consiguiente, los fondos estadounidenses para el importante programa de Mexicali estarían contribuyendo a proyectar en la política, a nivel nacional, a Cuauhtémoc y sus simpatizantes comunistas.” Concluía Mann, “No podemos permitir el nombramiento de Cuauhtémoc para este puesto clave.”
Con la aprobación de Washington, Mann envió al presidente López Mateos un recado sobre la situación, y éste inmediatamente llamó a su oficina a Lázaro Cárdenas, para discutir el asunto. En un telegrama subsecuente del 8 de agosto, Mann escribió que “hemos tenido conocimiento de que como resultado de la conversación de López Mateos con Cárdenas, se acordó definitivamente que Cuauhtémoc retiraría su intención de buscar el puesto en Mexicali.”
El gobierno mexicano tuvo una respuesta adicional. El problema de la divergencia de Alfonso Garzón con la línea partidaria, se resolvió repentinamente cuando, en el último momento posible, se retiró de la contienda por el Congreso. De acuerdo con un cable secreto, enviado por el cónsul norteamericano en Tijuana el 24 de septiembre, su decisión fue el resultado de presiones poco sutiles ejercidas sobre él desde el régimen.
El cónsul dijo a Washington que “apenas unos cuantos días antes de la elección, un militar mexicano de muy alto rango fue enviado a Mexicali para disuadir a Garzón. Tropas federales en número suficiente para apoyar a este oficial fueron desplegadas en el Valle de Mexicali. . . Mi fuente, que estuvo presente durante el encuentro, cuenta que a Garzón se le dieron dos opciones: (1) apaciguarse y desaparecer del escenario o (2) convertirse en una figura nacional, junto con Rubén Jaramillo. Después de algunos titubeos, Garzón optó por la primera alternativa, persuadido por la aseveración de que, en su caso, se le sacrificaría más bien ahorcándolo que dándole un simple tiro.”
El cónsul estadunidense, Kennedy Crocket, llegó a la conclusión de que el entusiasmo del MLN por operar en Baja California se vio considerablemente mermado por la acción gubernamental. “Una excelente fuente que estaba en posición de saber, me aseguró que se había desplegado un programa para contener al MLN en Baja California y que las órdenes para su ejecución fueron dadas a autoridades militares competentes en el área, directamente desde Los Pinos.”
 
El MLN en Guerrero
Algunos meses más tarde, la embajada norteamericana clamó que no sólo Baja California, sino también Guerrero era un estado que buscaba ser infiltrado por un MLN controlado por los comunistas. La noche del 31 de diciembre de 1962, disidentes políticos atacaron el palacio de gobierno de Iguala, en el norte de Guerrero, intentando evitar que los candidatos del PRI tomaran posesión después de una elección presuntamente fraudulenta. Entre los atacantes estaba Genaro Vásquez Rojas, dirigente del grupo opositor estatal Asociación Cívica Guerrerense (ACG). Tropas del ejército–que ya habían tomado posiciones, luego de una llamada de alerta de la Procuraduría General de la República–aplastaron fácilmente la sublevación, matando a siete e hiriendo a más de una docena. Dos cabecillas fueron capturados, pero Vásquez escapó y se convirtió en objeto de búsqueda por todo el estado.
Según los oficiales norteamericanos, el MLN y Lázaro Cárdenas constituían las fuerzas que estaban detrás del ataque subversivo. José María Suárez Téllez, el candidato derrotado de la ACG a la gubernatura y uno de los líderes capturados por los militares, era miembro del comité nacional del MLN. En un cable fechado el 3 de enero de 1963, que describía los incidentes ocurridos, la embajada comentó al Departamento de Estado que: “Parece bastante claro que la ACG es uno de los partidos estatales o grupos cívicos locales que el MLN está fomentando para oponerse al PRI, en los niveles municipal y estatal, en tanto que ésta continúa reclamándose como una simple organización cívica leal al PRI, sin ninguna aspiración de convertirse en partido político.”
Capturados Suárez Téllez y otro dirigente, el derrotado candidato a la alcaldía de Iguala, Andrés López Velasco, y arrestados más de 150 miembros de la ACG, la Embajada consideró que la resolución del incidente fue “favorable a nuestros intereses aquí, dado que constituye una clara indicación de que el gobierno, utilizando la fuerza combinada del ejército, la oficina de la Procuraduría General de la República y las autoridades estatales y municipales, está preparado para emprender una operación cuidadosamente planeada que desarticule a los cardenistas y al MLN.”
 
Kennedy visita México
La fracasada invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, exacerbó las tensiones entre México y Estados Unidos, luego de que el gobierno mexicano criticara al estadounidense por su intento de derrocar a Castro. Los dos países todavía estaban tratando de encontrar una solución viable a sus diferencias sobre Cuba, cuando a fines de 1961 se planteó la idea de un viaje a México por parte del recién electo y popular presidente norteamericano, John F. Kennedy.
A pesar de que el embajador Mann celebró la oportunidad para mejorar las relaciones, en un cable del 6 de diciembre hizo notar que la decisión de oponerse a una acción colectiva contra Cuba, asumida dos días antes por México en la Organización de Estados Americanos (OEA), era poco provechosa para Estados Unidos. A menos de que la posición de México mejorara, escribió Mann, él recomendaba que la visita se pospusiera indefinidamente. Adicionalmente, Estados Unidos debería retrasar cualquier crédito pendiente hacia México y ejercer influencia sobre las instituciones internacionales de crédito, para que mantuvieran sus reservas sobre las solicitudes de préstamo mexicanas.
El viaje se pospuso y durante los siguientes meses sobrevino una serie de tortuosas conversaciones entre el embajador estadounidense de línea dura y el ambivalente presidente mexicano sobre cuál era exactamente la postura de México frente a Cuba. Estados Unidos se topó con dificultades para lograr que López Mateos hiciera un pronunciamiento claro que los norteamericanos pudieran entender.
Por una parte, el Presidente aseveró, durante una de estas conversaciones (el 18 de diciembre de 1961), que él no podía hacerse responsable de revertir la histórica posición mexicana de la No Intervención. Por otra, “López Mateos hizo énfasis en que esto no significaba una simpatía por parte de México hacia Castro o la doctrina comunista.” Frustrado, Mann comentó al Departamento de Estado que “la mejor opción para inducir un cambio en la actitud de México, es mantener una actitud firme, pero amistosa, hasta el momento en que México se percate de que la cooperación debe ser una avenida de dos vías y de que México necesita más a Estados Unidos de lo que nosotros necesitamos a México.”
Tomó su tiempo, pero hubo concesiones. La visita de Kennedy fue programada para fines de junio de 1962. Pese a que México no podía y no iba a romper públicamente relaciones con Castro o a apoyar ningún intento de la OEA para sancionar a Cuba, López Mateos tenía otros favores que ofrecer.
En primer lugar mostró su gratitud hacia los norteamericanos, al cercar a todos los subversivos reconocidos o sospechosos de serlo–incluyendo a miembros del MLN–y meterlos en la cárcel mientras duraba la visita, de tal manera que no pudieran perturbar las ceremonias con protestas y pancartas. En segundo, el Presidente permitió a miles de miembros de un nuevo grupo anticomunista hacer valla durante el recorrido de los Kennedy y brindar seguridad contra cualquier alborotador que sus propios servicios hubieran pasado por alto.
Inclusive encontró fórmulas para ser flexible sobre la cuestión de Cuba. Si bien el memorando de la conversación entre los dos Presidentes sobre el tema de Cuba es vago, en cuanto a los puntos discutidos, el Secretario de Estado Adjunto, Edwin Martin, quien estuvo presente, escribió más tarde en sus memorias que López Mateos aceptó al final que, “si existían medidas concretas que con toda seguridad pudieran dañar a Castro… él podría cooperar, siempre y cuando se llevaran a cabo de manera discreta y no le causaran problemas políticos.”
Martin también destacó que, en el comunicado conjunto firmado al final de la visita por los Presidentes, México ratificó la doctrina de la No Intervención, pero con “un nuevo espíritu.” No sólo apoyaba la soberanía nacional, sino también “los ideales de la libertad individual,” haciendo un llamado a oponerse a “las instituciones y actos totalitarios, que podían ser incompatibles con los principios democráticos que sustentaban.”
“Todo dirigido,” escribió Martín, “hacia el nuevo enemigo: el comunismo mundial y su nuevo abanderado latinoamericano, Cuba… Era una advertencia por parte de México hacia Cuba y sus simpatizantes de que desistieran de sus intentos de promover una revolución o amenazar militarmente a cualquier país latinoamericano” (p. 168)
Para 1963, México ya había emprendido pasos más concretos, que incluían un control más estrecho sobre los movimientos entre México y Cuba de presuntos subversivos, el incremento de la vigilancia sobre los diplomáticos cubanos que se encontraban en el país y, posteriormente, la canalización de información de inteligencia a Estados Unidos, sobre los asuntos internos de Cuba, a través de sus diplomáticos destacados en La Habana.
 
El dedo señala
Pese al éxito de López Mateos en reprimir a la disidencia y a sus concesiones en relación con Cuba, Washington mantuvo una abierta suspicacia hacia el Presidente a lo largo de todo su sexenio. Su equívoca postura frente a Castro, su ambivalencia hacia la inversión privada y su frecuente tolerancia hacia el radicalismo de Lázaro Cárdenas y compañía, confundían a los oficiales norteamericanos. Sólo cuando López Mateos eligió como su sucesor al conservador secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz–un hombre a quien los norteamericanos consideraban un firme aliado y un decidido anticomunista–la embajada norteamericana pareció captar el complejo juego político que el Presidente había practicado para preservar el poder del régimen.
Conforme se acercaba el momento de nombrar al candidato para la siguiente elección y cada vez se veía más probable que el elegido fuera un conservador, en un telegrama enviado a Washington el 30 de julio de 1963, la embajada de Estados Unidos finalmente aceptó que López Mateos había mantenido a lo largo de toda su administración un hábil equilibrio entre las presiones de la extrema izquierda y la extrema derecha.
“Aparentemente hasta este momento su diestra manipulación política ha tenido éxito, y muchos observadores creen que ahora López Mateos tiene el suficiente poder como para elegir a su sucesor prácticamente a voluntad.”
Cuando Díaz Ordaz resultó finalmente designado, el embajador Mann reportó “un cierto nivel de euforia en la Ciudad de México, particularmente entre los norteamericanos. Creo que fue sobre todo una señal de alivio, de que el PRI no hubiera elegido a un candidato pro comunista.” (Noviembre 5, 1963)
El embajador advirtió a Washington que debía estar preparado para una postura nacionalista de Díaz Ordaz semejante a la que se podía esperar de López Mateos. Pero también dijo al Departamento de Estado que, “nosotros, aquí en la Embajada, compartimos esta sensación de alivio…”
Kate Doyle < kadoyle@gwu.edu >
es Directora del Proyecto México, del National Security Archive en
Washington, DC y analista para el IRC Programa de las Américas. Este
artículo forma parte de la serie mensual Archivos Abiertos, reproducido
por el Programa de las Américas, del National Security Archive y la
Revista Proceso. En la página de Internet del Archivo Nacional de Seguridad,
www.nsarchive.org/mexico ,
se pueden encontrar transcripciones de estas conversaciones.  
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Phone – DC: (202) 994 7000
Phone – Mexico: (52 555) 574 7897

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Publicado por el Programa
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Cita recomendada:
Kate Doyle, "La Revolución Cubana: Un dilema para México" Programa de las Américas (Silver City, NM: Interhemispheric
Resource Center, 12 de julio de 2004).
Ubicación
en Internet:

http://www.americaspolicy.org/columns/doyle/2004/sp_0407cuba.html

Autora: Kate Doyle
Traducción: Eugenio